Un importante capítulo de la historia del arte argentino del siglo XX llevará el nombre de Carlos Alonso. Maestro del dibujo y el color, en su mano estuvo el trazo valiente que dio testimonio del dolor social de los años más oscuros. Alonso no permitía olvidar, porque a él mismo le ardía en carne propia, desde la desaparición de su hija Paloma.
A los 97 años, murió esta madrugada el artista en su casa de Unquillo, según informó con profundo dolor y gratitud la familia Alonso, que le dará una despedida íntima. “Su obra y su legado permanecerán siempre”. Su vida estuvo atravesada por el amor al arte y el compromiso con la memoria.
Su gran retrospectiva se expuso en 2019 en el Museo Nacional de Bellas Artes: hacía casi treinta años que no se realizaba una revisión completa de su obra. Un año antes realizó -también en Buenos Aires- Vida de pintor (como el megalibro que le dedicó el coleccionista Andrés Buhar), en Colección Fortabat, donde hizo un homenaje a sus maestros, amigos y a su propia pasión por un oficio con el que exorcizó demonios, bramó, amó, fue amado, viajó y lloró más de una vez. Alonso fue artista casi desde la cuna y a eso dedicó su vida, como un apasionado testigo de su tiempo, a la vez que un poeta de la línea y el color, destacó el diario La Nación.
“Sigo creyendo en el arte y, sobre todo, en su memoria insobornable, no sentimental pero que es capaz de fijar las heridas que la realidad deja en nosotros”, escribía semanas atrás el maestro, que en los últimos tiempos había dejado crecer su pelo blanco y lo peinaba en una trenza. Ya no recibía visitas. Solo quería estar tranquilo y pintar. Interrumpió su hermetismo en 2024, cuando ianuguró a pocas cuadras de su casa la retrospectiva El retrato en el Museo de Arte Contemporáneo Unquillo (MACU), con unas 80 obras elegidas por el pintor. El museo creado por artistas locales tuvo récord de visitas en ese período.
Había nacido en Tunuyán, Mendoza, en 1929, y su infancia transcurrió en la chacra de sus abuelos. “Hijo mayor de una típica familia argentina, desde los cinco años me pasé muchas horas dibujando tirado de panza en el suelo”, recordaba. Su espíritu rebelde, contestatario, ya se manifestaba: “Recuerdo que dibujaba en todas las clases menos en la de dibujo, porque el dibujo académico me abrumaba”.
A partir de 1944 realizó sus estudios en la Academia de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo. En 1949 realizó, con éxito, su primera exposición en la Galería Giménez de Mendoza. Recibió su primer premio en el Salón de Estudiantes de 1947. Allí fue alumno de Sergio Sergi en dibujo y grabado, Lorenzo Domínguez en escultura y Francisco Bernareggi y Ramón Gómez Cornet en pintura. En 1950 viajó a Tucumán y formó parte del grupo de Lino E. Spilimbergo en la universidad de esa provincia. Antes de partir sufrió la primera gran pérdida en su vida, la de su padre, que había apoyado siempre su vocación.
En el Instituto Superior de Artes se reunieron los que como Alonso habían sido expulsados de otras escuelas de bellas artes tanto de Mendoza como de Buenos Aires por las nuevas políticas impuestas por el peronismo. Tuvo maestros como Lorenzo Domínguez en escultura, Pompeyo Audivert en grabado, Ramón Gómez Cornet en dibujo, Lajos Szalay en gráfica y diseño, y Spilimbergo, su querido Lino E. Spilimbergo, en pintura. Entre los estudiantes estaban Juan Carlos de la Motta, Eduardo Audivert, Leonor Vassena y Alfredo Portillos. Las enseñanzas de Spilimbergo continuaban en largas veladas bohemias en los cafés El Celta y La Cochera, donde se extendían los debates y reflexiones entre maestros y alumnos. “La universidad de Tucumán era una especie de isla donde se respiraba otro clima. Allí en contraposición con un clima de chatura cultural, se anunciaba un gran movimiento de renovación de las artes plásticas”, dijo Alonso. Lo fundamental que transmitía Spilimbergo era “el ejercicio de la libertad del artista”, desarrolló el diario La Nación.
“Año a año comenzaron a encontrarse Alonso, Spilimbergo, Berni, Gómez Cornet, Castagnino y algunos otros en Río Hondo para pasar unos días trabajando en contacto con la tierra y la gente del interior del país, contando además con la posibilidad de confrontar trabajos y prácticas. También a lo largo de 1961 compartieron Alonso y Spilimbergo encuentros en París”, dice Diana Weschler en el catálogo de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, donde se atesora uno de los tantos retratos que hizo de su maestro. Son fundantes esas temporadas en Santiago del Estero con Berni, quien en ese momento trabajaba el collage para Juanito Laguna, Castagnino, cuya práctica gestual se apropiaba de la aguada japonesa, y el admirado Spilimbergo.
En 1969 comenzó la serie Lección de anatomía, variaciones sobre la obra de Rembrandt que tienen como trasfondo la ejecución del Che Guevara y las fotos en las que se lo exhibe muerto sobre una mesa. Ya había comenzado una importante vertiente de su obra en donde la simbiosis vaca-hombre y la violencia sobre el cuerpo son recurrentes vías para hablar de la realidad argentina. Se inició con tres collages de 1965, contemporáneos de las ilustraciones que hizo para El matadero, de Esteban Echeverría. En 1972 retomó el tema, que expuso en 1973 en la Galería Giulia, de Roma, y en abril de 1976 —un mes después del golpe de Estado— presentó en la Art Gallery International la muestra titulada El ganado y lo perdido. Entonces, se produjo una amenaza de bomba y se desalojó la galería. Simultáneamente elaboró una instalación con figuras tridimensionales de tamaño natural bajo el título Manos anónimas. Pero debió partir al exilio -primero en Roma, más tarde en Madrid-, junto con su mujer Teresa y su hijo Pablo, recién nacido. En 1977 con la desaparición de su hija Paloma, el artista afirmará: “Quedé desconectado de la realidad... A pesar de salvar la vida quedé sin patria, sin fuentes”. En 1981, Alonso regresó a la Argentina y se instaló en la provincia de Córdoba, donde residió hasta su muerte.
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